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Inteligencia artificial vs. inteligencia humana: el valor del criterio

La pregunta aparece cada vez con más frecuencia: ¿llegará la inteligencia artificial a superar a la inteligencia humana?

La formulación parece lógica. Se comparan capacidades, velocidad, memoria, precisión, razonamiento o creatividad y se intenta determinar quién terminará ganando.

Pero quizá la pregunta deba reformularse.

Porque comparar inteligencia artificial e inteligencia humana como si fueran dos versiones de una misma cosa puede llevar a conclusiones equivocadas. Una no es simplemente una versión más rápida de la otra.

Son inteligencias construidas de manera radicalmente diferente.

La inteligencia artificial sabe mucho. Pero no sabe por qué importa

Un sistema de inteligencia artificial puede analizar enormes cantidades de información, detectar patrones invisibles para una persona y generar respuestas en segundos.

Puede resumir miles de documentos, escribir código, interpretar imágenes o identificar correlaciones entre millones de variables.

Su capacidad de procesamiento supera ampliamente la escala humana.

Pero existe una diferencia fundamental.

Procesar información no significa necesariamente comprender su importancia.

Una organización puede disponer de todos los datos necesarios para tomar una decisión y, aun así, necesitar criterio para saber qué hacer con ellos.

Porque decidir implica algo más que optimizar variables.

Implica entender prioridades, consecuencias, personas, contexto y, en ocasiones, aceptar que no existe una respuesta matemáticamente perfecta.

Las personas tampoco son máquinas imperfectas

Durante mucho tiempo se ha descrito la inteligencia humana desde sus limitaciones.

Se olvida información. Se cometen errores. Aparecen sesgos. La capacidad de cálculo es limitada y la atención también.

Frente a una máquina capaz de procesar millones de datos, el cerebro humano puede parecer sorprendentemente ineficiente.

Pero quizá algunas de esas aparentes imperfecciones formen parte precisamente de lo que permite interpretar el mundo.

Se razona a partir de experiencias. Se detectan cambios de tono en una conversación. Se entiende cuándo una regla debería aplicarse y cuándo quizá conviene cuestionarla. Se construyen significados donde no existe una base de datos que indique qué hacer.

La inteligencia humana no solamente calcula.

Interpreta.

El contexto sigue siendo una forma de inteligencia

En transformación digital esto resulta especialmente visible.

Una herramienta puede recomendar qué proyecto debería priorizarse en función del retorno esperado, el coste o el esfuerzo necesario.

Pero puede desconocer que una determinada iniciativa permitirá recuperar la confianza de un equipo después de varios proyectos fallidos.

Puede ignorar que existe un conflicto entre dos departamentos.

O que una decisión aparentemente poco eficiente hoy permitirá desarrollar una capacidad estratégica dentro de tres años.

Ese conocimiento rara vez aparece perfectamente estructurado en los datos.

Forma parte de algo mucho más difícil de modelizar: el contexto organizativo.

Y leer una organización también es una forma de inteligencia.

Entonces, ¿quién es más inteligente?

Quizá esa pregunta deje de resultar interesante.

Una calculadora supera desde hace décadas a cualquier persona realizando determinadas operaciones y nunca se interpretó como una amenaza para la inteligencia humana.

La inteligencia artificial amplía esa frontera de manera extraordinaria, porque ya no trabaja únicamente con números. También trabaja con lenguaje, imágenes, conocimiento y razonamiento.

Por eso la comparación resulta mucho más incómoda.

Pero el verdadero cambio probablemente no llegue cuando una inteligencia sustituya a la otra.

Llegará cuando se aprenda a distribuir mejor las tareas entre ambas.

Dejar a las máquinas aquello que exige escala, velocidad, memoria o análisis.

Y reservar para las personas aquello que requiere propósito, criterio, interpretación, responsabilidad y comprensión del contexto.

La ventaja ya no estará en saber más

Durante décadas, gran parte del valor profesional estuvo asociado a acumular conocimiento.

Ahora una enorme cantidad de conocimiento puede consultarse en segundos.

Eso cambia las reglas.

El valor se desplaza progresivamente desde tener respuestas hacia saber formular preguntas, distinguir una respuesta plausible de una buena respuesta y decidir qué merece hacerse con ella.

Paradójicamente, cuanto más inteligente se vuelva la tecnología, más importante puede resultar desarrollar determinadas capacidades profundamente humanas.

No para competir con las máquinas.

Sino para saber qué hacer con todo aquello que las máquinas sean capaces de hacer.

Quizás, por tanto, la gran pregunta de los próximos años no sea si la inteligencia artificial llegará a parecerse a la inteligencia humana.

Tal vez la pregunta sea otra:

¿Sabremos conservar el criterio humano en la era de la inteligencia artificial?