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El coste invisible de la transformación digital

Cuando una organización calcula el coste de la transformación digital, suele empezar por lo más fácil de medir.

Licencias.

Desarrollo.

Infraestructura.

Consultoría.

Integraciones.

Equipos internos.

Mantenimiento.

Todo eso forma parte del coste.

Pero probablemente no sea la parte más difícil de gestionar.

Porque transformar una organización implica mucho más que implantar tecnología. Significa modificar procesos que llevan años funcionando de una determinada manera, cambiar responsabilidades, revisar decisiones, abandonar herramientas conocidas, formar a personas y convivir durante un tiempo con una organización que está dejando de funcionar de una forma sin haber aprendido todavía a funcionar completamente de otra.

Y ese periodo intermedio también tiene un coste.

La tecnología es sólo la parte visible

Un proyecto puede tener un presupuesto perfectamente definido y, aun así, resultar mucho más caro de lo previsto.

No necesariamente porque aumente el precio del software.

Puede ocurrir porque durante meses convivan dos sistemas. Porque haya que mantener procesos manuales mientras se estabiliza el nuevo modelo. Porque determinadas personas dediquen una parte importante de su tiempo al proyecto. Porque aparezcan excepciones que nadie había identificado. Porque los datos necesiten más trabajo del esperado.

O simplemente porque cambiar una forma de trabajar requiere tiempo.

Son costes difíciles de encontrar en una propuesta económica, pero muy fáciles de encontrar durante una transformación real.

El coste de transformar también es organizativo

Hay otro coste todavía menos visible: el de cuestionar cómo funciona la organización.

Digitalizar un proceso obliga muchas veces a hacerlo explícito.

¿Quién decide?

¿Quién es responsable?

¿Qué información necesitamos?

¿Por qué existen determinadas excepciones?

¿Por qué hacemos este paso?

¿Sigue teniendo sentido?

Y aquí la transformación empieza a tocar algo mucho más profundo que la tecnología.

Porque automatizar un proceso confuso no elimina su confusión. Integrar sistemas no resuelve necesariamente responsabilidades mal definidas. Y añadir inteligencia artificial sobre información desordenada tampoco convierte automáticamente esa información en conocimiento útil.

En algunos casos, la tecnología simplemente hace más visible una complejidad que ya existía.

Resolverla tiene un coste.

Pero también tiene valor.

Existe además un coste de transición

Creo que este es uno de los costes que más tendemos a infravalorar.

Transformar implica atravesar un periodo en el que probablemente seamos temporalmente menos eficientes.

Hay que aprender.

Hay que probar.

Hay que corregir.

Hay que acompañar.

Durante un tiempo, lo nuevo todavía no funciona con toda su capacidad y lo antiguo ya empieza a perder sentido.

Pretender que una transformación importante ocurra sin afectar temporalmente a la productividad genera expectativas difíciles de cumplir.

La cuestión no debería ser cómo eliminar completamente ese coste, sino cómo hacerlo consciente, acotarlo y gestionarlo.

Y después está el coste de oportunidad

Mientras una organización transforma una parte de su operación, está utilizando recursos que no puede dedicar a otras cosas.

Personas clave participan en reuniones.

Los equipos tecnológicos priorizan unos desarrollos frente a otros.

La organización consume capacidad de cambio.

La dirección dedica atención.

Por eso priorizar transformación no consiste únicamente en decidir qué proyectos tienen un retorno positivo.

Consiste también en decidir cuáles merecen consumir la capacidad limitada que tiene una organización para cambiar.

Una iniciativa puede ser buena y, aun así, no ser la mejor iniciativa para ejecutar ahora.

Pero no transformar tampoco es gratis

Esta es la otra mitad de la ecuación.

Mantener sistemas obsoletos tiene un coste.

Mantener procesos manuales tiene un coste.

Duplicar información tiene un coste.

Depender del conocimiento de determinadas personas tiene un coste.

Tomar decisiones con información fragmentada tiene un coste.

Y posponer durante años determinados cambios también genera una especie de interés acumulado: cada nueva solución tiene que convivir con más excepciones, más integraciones y más decisiones heredadas.

Por eso la comparación correcta no debería ser: ¿Cuánto cuesta transformar?

Sino: ¿Cuánto cuesta transformar frente a cuánto cuesta seguir funcionando como estamos?

La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la conversación.

Transformar no consiste en gastar menos

Consiste en gastar mejor.

En saber qué complejidad merece eliminarse, qué procesos merece la pena rediseñar, qué tecnología genera realmente capacidad y qué cambios justifican el esfuerzo que van a exigir a la organización.

Porque una transformación digital tiene un coste.

Y debería tenerlo.

Estamos modificando sistemas, procesos, decisiones y formas de trabajar que, en muchos casos, llevan años construyéndose.

El problema no es que transformar cueste.

El problema aparece cuando sólo presupuestamos la tecnología y esperamos que todo lo demás ocurra gratis.

O cuando miramos el coste de cambiar sin calcular nunca el coste de permanecer igual.

La transformación digital como capacidad, no como proyecto.

El éxito de una transformación no es haber implantado determinadas soluciones, sino que la organización haya aprendido a cambiar mejor por sí misma.