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Computación cuántica y transformación digital

Hace unas semanas fui a visitar Revolución Cuántica, la exposición de Fundación Telefónica en Madrid.

Iba esperando aprender algo más sobre computación cuántica. Y lo hice. Pero salí pensando en algo bastante más cercano a mi terreno:

cómo se preparan las organizaciones para tecnologías que todavía no forman parte de su día a día, pero que pueden cambiar las reglas sobre las que funcionan sus sistemas actuales.

Porque una de las ideas más interesantes de la exposición es que la revolución cuántica no empieza ahora.

La primera ya ocurrió.

Durante el siglo XX, los principios de la mecánica cuántica permitieron desarrollar tecnologías que hoy resultan completamente cotidianas: semiconductores, láseres, resonancia magnética o telecomunicaciones. Lo que en su momento parecía física extremadamente abstracta terminó convirtiéndose en parte de la infraestructura tecnológica sobre la que funciona nuestra sociedad.

Y ahora estamos entrando en lo que se denomina la segunda revolución cuántica.

Esta vez el salto consiste en aprender a controlar esos fenómenos para desarrollar nuevas capacidades: ordenadores cuánticos, sensores mucho más precisos, comunicaciones avanzadas o nuevas formas de abordar problemas extremadamente complejos.

Hasta aquí, podría parecer una conversación sobre ciencia.

Pero deja de serlo muy rápido.

Cuando una tecnología futura afecta a decisiones presentes

Uno de los paneles de la exposición plantea que los avances en los prototipos cuánticos y, especialmente, en los algoritmos de corrección de errores podrían acercarnos durante los próximos años a máquinas capaces de comprometer determinados sistemas de criptografía clásica.

La exposición menciona 2029 como un posible umbral.

No significa que en 2029 vaya a ocurrir necesariamente.

De hecho, actualmente no existe consenso sobre cuándo tendremos ordenadores cuánticos con capacidad suficiente para poner en riesgo los sistemas criptográficos actuales. NIST reconoce que hoy todavía son demasiado pequeños e inestables para hacerlo.

Pero la fecha concreta no es lo que me parece interesante.

Lo interesante es lo que obliga a hacer antes.

Adaptar sistemas.

Revisar infraestructuras.

Cambiar mecanismos criptográficos.

Desarrollar nuevas soluciones de seguridad.

Es decir, prepararse para una tecnología que todavía no ha llegado plenamente.

Y eso es transformación digital.

No hace falta tener un ordenador cuántico para verse afectado

Cuando se habla de computación cuántica desde las empresas, es fácil imaginar la conversación equivocada:

“¿Qué caso de uso cuántico tenemos?”

Probablemente, para la mayoría de las organizaciones, hoy ninguno.

Pero eso no significa que la computación cuántica no les afecte.

Una empresa puede no utilizar jamás directamente un ordenador cuántico y, sin embargo, necesitar modificar parte de su arquitectura tecnológica porque el entorno haya cambiado.

Ese matiz me parece especialmente importante.

La transformación digital no consiste únicamente en incorporar nuevas tecnologías.

También consiste en adaptar lo que ya existe cuando cambia el contexto tecnológico.

La criptografía es un buen ejemplo.

Buena parte de las comunicaciones digitales, certificados, transacciones y sistemas de autenticación actuales utilizan algoritmos diseñados para resistir ataques de ordenadores clásicos.

Una máquina cuántica suficientemente potente cambiaría esa premisa.

Por eso la criptografía postcuántica no es simplemente investigación académica. NIST publicó ya en 2024 sus primeros estándares definitivos diseñados para resistir ataques tanto clásicos como cuánticos y actualmente recomienda a las organizaciones empezar la migración.

La tecnología que debe protegernos de ese futuro ya se está desplegando antes de que ese futuro llegue.

Y quizá ahí esté la lección más interesante

En transformación digital suele existir cierta obsesión con detectar la siguiente tecnología.

IA.

Blockchain.

Metaverso.

Computación cuántica.

Pero quizá la pregunta más útil no sea cuál será la siguiente.

Puede ser:

¿qué cambios tecnológicos futuros obligan a tomar decisiones hoy?

Porque algunas transformaciones empiezan mucho antes de que exista un producto listo para comprar.

Empiezan revisando una arquitectura.

Identificando dependencias.

Entendiendo dónde se utiliza determinada tecnología.

Diseñando sistemas con capacidad para evolucionar.

O simplemente incorporando un riesgo nuevo a una conversación estratégica.

Prepararse tampoco significa sustituir mañana toda la criptografía de una empresa.

Significa saber dónde está.

Qué sistemas dependen de ella.

Qué información necesita seguir siendo confidencial durante muchos años.

Qué proveedores están preparados.

Y, sobre todo, si la organización tiene suficiente agilidad tecnológica para sustituir componentes críticos cuando sea necesario.

La segunda revolución cuántica no llegará de golpe

Probablemente tampoco ocurra como solemos imaginar las revoluciones tecnológicas.

No habrá un día en el que las empresas pasen de trabajar con computación clásica a trabajar con computación cuántica.

Habrá convivencia.

Computación clásica para unas tareas.

Inteligencia artificial para otras.

Computación de alto rendimiento.

Y capacidades cuánticas allí donde realmente aporten una ventaja.

La transición será progresiva.

Pero precisamente por eso resulta interesante empezar a observarla ahora.

La primera revolución cuántica terminó construyendo buena parte del mundo que hoy conocemos.

La segunda puede modificar algunas de las capacidades, y también algunas de las certezas, sobre las que hemos construido ese mundo.

Salí de la exposición con una sensación bastante distinta a la que esperaba.

No con la idea de que todas las empresas deberían empezar a invertir en computación cuántica.

Más bien con la contraria.

No siempre hace falta adoptar una tecnología para empezar a prepararse para sus consecuencias.

Y quizá esa sea una de las formas más maduras de entender la transformación digital.