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Internet Archive y Proyecto Gutenberg: ¿quién preserva la memoria digital?

Internet parece estar diseñado para recordarlo todo.

Sin embargo, una página web puede desaparecer, un documento puede modificarse sin dejar rastro y un enlace que hoy funciona puede dejar de existir mañana.

La información digital es extraordinariamente fácil de reproducir, pero eso no significa que esté garantizada su conservación.

Y en un momento en el que la inteligencia artificial necesita acceder a cantidades cada vez mayores de información, aparece una paradoja:

Nunca habíamos tenido tanta capacidad para procesar conocimiento y, al mismo tiempo, tantas razones para preguntarnos quién se encarga de conservarlo.

Dos proyectos para que el conocimiento no desaparezca

En 1971, Michael Hart puso en marcha el Proyecto Gutenberg, una iniciativa que buscaba facilitar el acceso a las obras escritas mediante su digitalización.

Más de cinco décadas después, su biblioteca reúne más de 75.000 libros electrónicos gratuitos, digitalizados y revisados gracias al trabajo de miles de voluntarios.

Su colección se centra principalmente en obras que han pasado al dominio público en Estados Unidos.

En 1996 nació Internet Archive, con una ambición diferente y complementaria: preservar contenidos digitales para que pudieran seguir siendo consultados en el futuro.

Su conocida Wayback Machine permite recuperar versiones históricas de páginas web. También conserva libros, grabaciones, imágenes, programas informáticos y otros materiales.

Ambos proyectos comparten una idea que puede parecer sencilla, pero que tiene profundas implicaciones:

El conocimiento no debería depender exclusivamente de la supervivencia de la plataforma que lo distribuye

Conservar información también significa conservar contexto

La memoria digital no consiste únicamente en almacenar archivos.

Supongamos que una institución publica una determinada política y, años después, modifica su contenido.

Consultar la versión actual permite conocer su posición presente.

Pero recuperar la versión anterior permite comprender cómo ha evolucionado, identificar contradicciones y reconstruir las decisiones que condujeron al cambio.

Lo mismo ocurre con documentos científicos, publicaciones técnicas, noticias o registros históricos.

Una versión antigua no siempre es información obsoleta.

En ocasiones, es precisamente la evidencia necesaria para entender lo que ocurrió.

Por eso, la preservación digital desempeña una función que va más allá del acceso cultural: también sostiene la investigación, la transparencia y la posibilidad de contrastar afirmaciones.

La paradoja de la inteligencia artificial

La expansión de la IA introduce una nueva tensión.

Los contenidos digitales son recursos valiosos para entrenar modelos, construir sistemas de búsqueda y desarrollar herramientas capaces de interpretar información.

Pero el interés comercial por esos contenidos también está provocando nuevas restricciones de acceso.

Algunos editores y propietarios de sitios web están limitando el rastreo de sus páginas para proteger sus publicaciones frente a la extracción masiva destinada a sistemas de IA.

El problema aparece cuando esas restricciones también dificultan el trabajo de iniciativas dedicadas a la preservación histórica de Internet.

No es exactamente lo mismo conservar una página para que pueda consultarse dentro de veinte años que utilizar su contenido para entrenar un producto comercial.

Aunque ambas actividades puedan implicar copiar información, sus finalidades, condiciones jurídicas y consecuencias son distintas.

Confundirlas puede terminar perjudicando a quienes intentan preservar la memoria digital.

El acceso al conocimiento no elimina los derechos de autor

La preservación también plantea límites legítimos.

En septiembre de 2024, un tribunal federal de apelaciones estadounidense confirmó una sentencia desfavorable para Internet Archive en un litigio con varias editoriales por la digitalización y el préstamo no autorizado de determinados libros protegidos por derechos de autor.

El conflicto puso de manifiesto una tensión difícil de resolver: cómo facilitar el acceso al conocimiento sin desconocer los derechos de quienes lo crean y publican.

No toda información accesible es de libre utilización. Tampoco el hecho de que una obra pueda digitalizarse significa que pueda distribuirse o emplearse para cualquier finalidad.

El reto consiste en construir mecanismos que permitan preservar el patrimonio cultural, respetando al mismo tiempo sus condiciones legales de utilización.

Una inteligencia sin memoria verificable

Los modelos de lenguaje pueden ofrecer respuestas cada vez más elaboradas.

Pero una respuesta no sustituye necesariamente a una fuente.

Conocer una conclusión no equivale a poder reconstruir su origen, comprobar qué documentos la sustentan o entender cómo ha cambiado una interpretación a lo largo del tiempo.

En ese sentido, bibliotecas y archivos digitales cumplen una función que ninguna respuesta generada automáticamente debería hacer desaparecer: mantener accesibles las evidencias originales.

El futuro del conocimiento no depende únicamente de desarrollar sistemas capaces de producir mejores respuestas.

También depende de conservar los materiales que permitirán verificar esas respuestas.

Porque, si la inteligencia artificial puede ayudarnos a construir el conocimiento del futuro, ¿quién garantizará que no perdamos por el camino la memoria del pasado?


Referencias

Project Gutenberg Literary Archive Foundation. About Project Gutenberg.

Internet Archive. About the Internet Archive.

United States Court of Appeals for the Second Circuit. (2024). Hachette Book Group, Inc. v. Internet Archive.

The Atlantic. (2026). Why the Internet Needs a Memory.